jueves, mayo 24, 2012

CRONICAS ILEGALES 54: Pijama Party en Casa Versace...! by Gino Winter

Estacioné mi viejo Volvo frente a la puerta principal de la famosa Casa Casuarina, hoy Versace Mansion at Ocean Drive. Mi pobre transporter se veía triste y azul –como el gato de Roberto Carlos- en medio del fulgurante copper metallic de un Lamborghini Gallardo pegado al piso y del libidinoso rojo Ferrari de una Spider Cabriolet. Era un parking para gente del jet set y no para un empleado temporal en situación casi ilegal, pero me llegó al nabo, al fin y al cabo tengo cara de cliente VIP.
Al cruzar la reja barroca de metales forjados, fui detenido por los gorilas de seguridad que exigían mi pase para el pajama party que se realizaría más tarde con el fin de promocionar una nueva marca de vodka. Una llamada al negro Willis, gerente del turno de noche, aclaró el asunto y a los pocos minutos estaba adentro leyendo planos y reacomodando muebles con mi grupo de temps, como llaman aquí a los empleados temporales.
Unas horas después, al terminar mis labores, empezó la fiesta y me quedé observando a las modelitos que desfilaban en baby doll, artistas entrevistados por reporteros de TV, hermosas anfitrionas en ropa interior de encaje “teiboleando” sobre las mesas… en fin, ¡Qué lindo es Miami!. Los jóvenes temps estaban emocionadísimos con los artistas que desfilaban por la Casa Versace. Yo no conocía a ninguno pues en su mayoría eran cantantes de hip hop y reggaetón, géneros musicales que prefiero desconocer y que temo que Luci me hará bailar en el Averno…
Cuando observaba a un corro de modelos anoréxicas peleándose por tomarse fotos con un negro feo, obeso y muy famoso -que de lejos,enfundado en su bata blanca, parecía una muela picada- Willis me llamó a su oficina para darme una misión especial after hours: "Escoge un par de muchachos confiables y fuertes; paséense por las instalaciones reportándome cualquier anormalidad y al final de la fiesta van a llevar a las chicas que se hayan pasado de copas a una de las suites...".
La orden me cayó como una bendición. Al transmitirles las indicaciones, los muchachos escogidos pensaban que estaba bromeando y al confirmar la orden me miraron como si me fueran a pedir un autógrafo y me pidieron encarecidamente que los llamara siempre, no importa cuanto sea la paga, es más, trabajarían allí hasta gratis...
Mientras patrullaba por el borde de la piscina neoclásica de mayólicas azules con incrustaciones de oro, me tomé un par de deliciosos mojitos de pasion fruit (maracuyá peruano) gracias a la gentileza de dos imponentes bartenders argentinas a quienes había aprovisionado gratuitamente con montañas de hielo.
Más tarde, pasado el crepúsculo, el buen trago y algunas sustancias prohibidas empezaban a hacer estragos entre los invitados y Willis daba las primeras instrucciones por walkie-talkie. Nos constituimos al hedónico baño grupal del primer piso, donde tuvimos que recoger de la ducha múltiple a dos modelos catatónicas que estaban desnudas y abrazadas sobre el piso mojado, y luego de que las chaperonas las secaran y vistieran con sendas batas de felpa, procedimos a llevarlas cargadas por las escaleras a una de las diez suites de lujo del hotel. La suite designada quedaba en el segundo piso, y la casona no tiene ascensor. Las chicas llegaron intactas, salvo algunos pequeños cabezazos y tobillazos contra marcos de puertas y balaustres. Igual suerte corrieron dos anfitrionas que rescatamos de la piscina y tres marimberas escondidas con una pipa afgana de agua, llena de cannabis, en la glorieta VIP.
Debe ser la moda, pero ninguna de las modelitos que llevamos por las escaleras llevaba ropa interior; eran muy delgadas, pero también muy altas y no sé si pesaban sus huesos o era la incomodidad que causaban sus largos cuerpos haciendo palanca, pero terminamos más cansados que luchador de sumo... Pola, la más bella de todas -ahora gran amiga- me iba cantando al oído la dulce canción de cuna del mamut chiquitito que quería volar y mientras yo la sostenía por la cintura, cara a cara, tratando de acomodarla en la suite, ella me babeaba el cuello con una saliva barbitúrica que me recorrió la espalda y, al dejarla en un chaise long, me confundió con algún suertudo y me dio un beso tan baboso que me dejó con la sensación de haber comido un plato de escargot de Bourgogne recién vomitado por un San Bernardo.
Ya no teníamos piernas y justo en el drink-break, Willis me endosó una preciosa chinita –menuda, pero de figura perfecta- y me pidió que la suba a la suite. Linling, que así se llamaba la pastrulita, estaba stone y apenas consciente. Luego de algunos intentos de cargarla, en los cuales conoció de cerca el piso, terminé poniéndomela como mochila, con sus pechos sobre mi espalda y sujetándola por sus muslos a la altura de mi cintura mientras ella se aseguraba poniéndome sus brazos al cuello, como chalina. Cuando faltaba media escalera para llegar, empecé a sentir un bulto extraño materializándose en mi zona lumbar. Pensé que era una hernia indolora, pero luego me di cuenta de que no me pertenecía, más bien como que empezaba a manifestarse de entre las piernas de Linling. Faltaban pocos escalones y yo sentía que me estaban asaltando con pistola a retaguardia, pero no podía parar sin perder la inercia ni soltar a la chinita por miedo a que se despelote. Decidí acelerar el paso y deshacerme del bulto, soltándola con un movimiento de aikido sobre los cojines del primer diván de la suite. Me mataba la curiosidad por saber si era hermafrodita o una de esas she-man asiáticas que están en toda moda –soy más curioso que el Dr.House-, pero los nervios me traicionaron y terminé bajando los escalones de tres en tres hasta la terraza, pues hasta llegué a sentir que penaban… 
Willis me avisó que Faxon, un viejo marica y millonario que los muchachos habían encontrado en el camino y dejado privado sobre la alfombra -en medio de las modelos rescatadas- había salido trastabillando de la suite, asqueado y habiéndose dado el susto de su vida al despertar rodeado de un coro surrealista de vaginas peladas, y justo estaba en pleno balanceo, doblado sobre una baranda del segundo piso que da al vacío, vomitando a chorros hacia el primer piso. Llegamos justo para ver a Faxon cayendo sobre uno de los toldos y rebotando a una mesa felizmente desocupada y de allí a las duras losetas italianas de la terraza. Fuimos a los jardines exteriores y trajimos a los paramédicos que hacen guardia con su ambulancia en los eventos especiales de la mansión, y Faxon, aún “colocado” de sabe Dios qué sustancia psicotrópica, susurraba sonriendo en la camilla que si se moría deseaba reencarnarse en una ambulancia, para que lo abran por detrás, le metan un hombre adentro y se vaya gritando: ¡AaAa…Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa….! 
Ginozski. 





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domingo, febrero 19, 2012

CRÓNICAS ILEGALES 53: El Fantasma de Lummus Park…

 (Tome Fanta, la bebida de los fantasmas…)

Noventa dólares y ocho horas de clase me bastaron para obtener mi certificado oficial de Security; veinte dólares más convirtieron las ocho horas en cuatro, con lo cual pude volver a enfrentar la vida de ilegal e incrementar con unos gramos más al kilo de diplomas coxudos que tengo guardados en una caja de zapatillas de planta convexa, que según los fabricantes te mejoran la postura, fortalecen tus piernas y te levantan el culo… ¡perfecto para mi edad!

Me uní al grupo de temps (empleados temporales) conformado por dos cleaners -Tulio y Quique- y dos guards, Marco y yo, y partimos hacia uno de los edificios más vetustos de Lummus Park, histórico distrito de Miami, para hacernos cargo del temido turno de amanecida.
Tulio, un simpático indígena de los Andes peruanos, estaba más asustado que perro en canoa, pues venía de un villorrio en donde no había ni electricidad y había llegado a USA como agricultor -quien sabe por qué error de la estadística- y estar acá era para él como estar en La Guerra de las Galaxias. Mientras él y Quique hacían labores de limpieza, Marco y yo empezamos a recorrer el edificio vacío -en penumbras- al trote, ya que aprovechábamos los anchos pasadizos desocupados para hacer un poco de ejercicio y así ahuyentar el sueño mientras vigilábamos.
Ya de madrugada, nos juntamos los cuatro en una oficina semi-abierta, llena de escritorios y computadoras pasadas de moda y nos servimos sendas tazas de café del Starbucks, con cupcakes y butifarras, mientras Quique, al estilo de su Chincha natal, nos relataba la leyenda de la gente asesinada, en ese mismo building,  en las épocas de Al Capone, cuya antigua casa de veraneo estaba en venta cerca de allí, en Palm Island.
A Tulio le empezó a temblar la cucharita cuando escuchó la historia sobre la cabeza humana con los ojos embutidos en la boca y con la lengua de corbata, encontrada en uno de las papeleras justo allí donde él estaba sentado y Marco, ex militar de aeronáutica, se descojonaba de risa mientras nos ofrecía una “chata” de ron Bacardí para amenizar el coffee break… De pronto, en lo mejor del jolgorio, el bidón de agua empezó a burbujear y a cambiar de nivel, como si alguien se estuviera bebiendo el agua, y , mientras yo trataba de explicarles que era la variación barométrica debida al cambio de presión atmosférica -por la tormenta tropical que se anunciaba- una vieja máquina de teletipo -esas que se usaban para enviar y recibir los famosos télex- empezó a teclear sola como una pianola, y Tulio, cagándose de miedo, dio un salto agarrándola a escobazos mientras gritaba “!EL TUNCHE!, ¡EL TUNCHE!”  (El Diablo) con tal vehemencia que nos “muñequeó” a toditos… Cuando ya me había parado de un salto por la impresión, recordé que los teletipos suelen teclear al recibir un mensaje y, asumiendo una pose de sabelotodo, se lo estaba informando al grupo, pero Marco no me dejó terminar y a empujones me sacó al pasillo gritándome “¡ESTÁ DESENCHUFADA HUEVÓN!”. Nos faltó culo para correr, a los cuatro. No tuve tiempo ni de fijarme en el enchufe. Salimos despavoridos hacia el hall de los ascensores y justo antes de que alguno apretara el botón, el ascensor se abrió frente a nosotros y Tulio se zambulló adentro, mientras Quique gritaba “¡¿QUIÉN LO LLAMÓ?! ¡¿QUIÉN LO LLAMÓ?!… Demasiado tarde para el pobre Tulio, que intentó regresar, pero las puertas del ascensor se le cerraron en las narices; sólo pudimos escuchar su horripilante alarido extinguiéndose pisos abajo mientras reculábamos hacia las escaleras de escape, las cuales logramos descender luego de atorarnos en la puerta por querer salir los tres a la misma vez…
Bajamos ocho pisos, sólo para comprobar que la puerta de escape del primero estaba clausurada y tuvimos que subir los doce pisos hasta la azotea pues Tulio no contestaba su celular y las puertas de los demás pisos estaban diseñadas para abrirse al salir y bloquearse al querer entrar… Unos pasos antes de ganar la azotea, Marco se tropezó y bajó siete escalones de culo, lesionándose el coxis. Al tratar de sostenerlo en plena caída resbalé y le di un codazo en el ojo a Quique antes de torcerme el tobillo con las zapatillas de mierda. Parecía una película de Los Tres Chiflados. No sé cómo llegamos a la azotea, sólo sé que el huevón de Quique, mientras se sobaba el ojo y me recordaba tres veces a mi abuelita que ni conoció, cerró la puerta y ya no se pudo abrir. Quedamos los tres huevonautas arrinconados, adoloridos y a la intemperie, acariciados por los vientos helados de la tormenta, sin poder llamar ni al 911, no por miedo a que la policía nos pida documentos, sino más bien a que se dieran cuenta de que eran falsos… “¡No podíamos estar más cagados!” sentenció Marco, tiritando, sentado de costadito y con cara de hemorroides. “Según Murphy –acoté inoportuno, recordando sus famosas leyes robadas a Finagle-  siempre se puede estar peor…”.  No terminé la frase cuando empezaron a caer las primeras gotas de lluvia sobre nuestras cabezas… “¡SALADO DE MIERDA!” gritó el coro. Un aguacero fatal se desató como contundente respuesta del cielo…


Ginonzski.


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miércoles, febrero 08, 2012

CRONICAS ILEGALES 52: Coca-Cola Refresca Mejor…! by Gino Winter


CRONICAS ILEGALES 52: Coca-Cola Refresca Mejor…!

By Gino Winter

Otro día de mierda. Manejaba early in the morning camino a la Collins Avenue, haciendo zapping neurótico entre las emisoras que capta la radio de mi viejo Volvo, todas llenas de comerciales abominables y conversaciones estúpidas en inglés, castellano y spanglish; muy poca música y de la mala. Acá en Miami las cuñas comerciales gringas son tan detestables o más que las latinas, pues son igual de bochincheras pero más ridículas, sobre todo las de los insufribles lawyers (abogados) bilingües, que son como las bananas porque nunca encuentras uno derecho… Tomé un sorbo de Coca-Cola Zero –por eso de que “Todo va mejor con Coca-Cola…”- y me dispuse a ingresar al parking lot del Trump International Hotel, de Miami Beach,  donde me esperaba uno de esos trabajos de supervivencia que ya me tienen los huevos tan hinchados como los del pájaro Uyuyuy, ese que cuando está aterrizando dice  ¡uyuyuuuuy…! porque sabe que de todos modos se va a golpear sus tremendos testículos…
Subí hasta el famoso restaurante Neomi’s, donde me dispuse a ayudar al encargado de la logística del buffet, un trabajo para mongólicos, pero se come muy bien… Terminadas mis burdas tareas y ya listo para partir, se me presentó de improviso Olenka, una ucraniana maravillosa, rubia como el maíz, con ojazos color Aqua Velva y cuerpo de ballerina del Bolshoi. Olenka fungía de manager del restaurante y como tal, vestía un impecable sastre –saco y falda- gris oscuro que le daba un aire de ejecutiva hollywoodense.    Sólo el azul de sus ojos hacía que valga la pena realizar ese trabajo de mierda… Se paró a mi lado a lo Coco Chanel y, con el mismo glamur de la diva, me preguntó si podía reemplazar por unas horas a su asistente ausente, a lo cual accedí antes de que termine la pregunta –hubiera reemplazado con gusto a su marido, a su amante y hasta a su perro- y luego me pidió que no me separe de su lado (¿por toooda la eternidad?, pensé para mis adentros).
Olenka me trataba con una amabilidad inmerecida y unos modales exquisitos. Alababa mi British English –del Cultural Peruano-Británico- y me contaba cosas sobre Londres y alrededores, donde ella había estudiado hotelería. Me comentó que al principio todos creían que yo era soviético –como la mayoría de los trabajadores del hotel que no eran negros- y me ofreció contratarme para que empiece una “excelente carrera” como mozo del restaurante… sólo a ella podía permitirle esa proposición sin sentir lastimado mi orgullo gerencial…
Terminado el encargo, me ofreció ganarme unos dólares extras ayudando a un simpático waiter que le decían Pumpernickel, porque era gordo, chato, negro y con pecas, como el tradicional pan de centeno de Westfalia, así que –por ella y por los dólares- acepté que me pongan una camisa negra de chef y un mandil largo, del mismo color, que me dieron una apariencia de sacerdote ortodoxo de algún pueblucho europeo… Seguí a Pumpernickel hasta una mesa larguísima en donde se festejaban los ochenta años de una distinguida matrona, quien estaba rodeada de hijos y nietos, gordos todos y grandotes. La anciana era menudita y pidió que suban la temperatura porque sentía frio y una de las waitress le acomodó un chal sobre los hombros. Yo nunca había llevado una bandeja en la mano y menos llena de vasos, y menos aún con esos vasos de a litro, de base angosta –como keros- llenos de ice tea, lemonade or Coke, que se balanceaban como si no quisieran estar en el tray. Parece que al diseñador de los vasos le faltaron conocimientos de física y le sobró mariconada: la comodidad de los mozos le llegó al nabo… Confié en mi pulso y avancé detrás del negro “Pumper” quien llevaba los tragos de licor y, a indicación del maître,  empecé a servirle su vaso de limonada a la cumpleañera, para lo cual me concentré como si estuviera estreñido, y feliz recibí un cariñoso “thank you baby!” de parte de la tía, que estaba más contenta que maricón en cinta… Justo cuando pasaba por detrás de la veterana hacia el siguiente comensal, un vasote de Coca-Cola con hielo -de mi bandeja- cobró vida y se lanzó sobre su formólica nuca, haciendo que la vieja emita un alarido fantasmagórico, que empezó como un orgasmo y terminó como el Grito de Dolores, con campana incluida… Miré hacia el piso, pero la Tierra no tuvo la gentileza de abrirse y tragarme entero. Tres mozos y dos mozas, con sendas servilletas, corrieron a secar a la tibia, quien chorreaba la “chispa de la vida” hasta por el culo, mientras los trogloditas de su familia se amotinaban y el maître  –con cara de alcaide- me sacaba a empellones hacia la cocina, donde me quedé castigado por unos largos minutos, mientras Olenka dirigía el arreglo del estropicio y un chef peruano –solidariamente- me pasaba por lo bajo un riquísimo plato galo de puré con trufas y su respectivo filet mignon, que costaba más de lo que habíamos ganado ese día, el chef y yo, juntos… Al rato, Olenkita me pidió que la siguiera y mientras caminábamos por los pasillos me contaba, con un tono agridulce, que el hotel cubriría los gastos del agasajo y que gracias a eso, la dama festejada había dicho con gracia que “no pensaba ser bautizada otra vez al cumplir los ochenta” y los semovientes de su familia se habían tranquilizado. Me señaló la puerta trasera de salida y me informó casi telegráficamente que me enviarían mi cheque a mi domicilio y que no tenía que regresar al hotel, por ninguna circunstancia, finalizando con un ucraniano “spasybi i do pobachennya” llevándose el azul de sus ojos, el power de sus piernas  y el movimiento armónico de sus senos, para siempre… Hubiera preferido una patada en el culo. Salí a la calle, miré hacia el mar y le grité con una fuerza que pretendía llegar a lontananza: “¡OTRO DÍA DE MIEEEERRRRDA EN MIAMI!”…
Ginonzski.

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martes, enero 10, 2012

CRONICAS ILEGALES 51: Lolita en Patines por Hidden Park… By Gino Winter

Era sólo una nena… Realizaba mi rutina de ejercicios en Hidden Park, cuando noté su grácil figurita a lo lejos, deslizándose por ese parque escondido que en vez de bancas, estaciones de gimnasia o surtidores de agua, tiene una cantidad impresionante de letreros que prohíben todo lo que se puede hacer  en un parque y que es lo que al final se  hace allí mismo, pues los visitantes son en su mayoría latinos y al parecer “no entienden” los avisos en inglés…
La nínfula recorría el parque sobre unos patines en línea que sobresalían desde lejos, como si fueran prestados, de alguna chica mayor o más grande… Yo estaba en pleno trote cuando se me cruzó, mirándome de reojo con su boquita medio abierta y la punta de su lengua pegada a la parte interna de sus incisivos…
No era lo que se dice una gran belleza, pero su cuerpito de bailarina adolescente,  cabellera al  viento,  ojos chinitos,  piel canela, labios hinchaditos y esos  ademanes tan sexys que realizaba, causaban un efecto realmente perturbador… Yo nunca me había sentido atraído por una muchacha tan joven, salvo en la época en que yo también era un muchacho tan joven, y menos en un parque lleno de bellezas latinas de edades más adecuadas y constitución mucho más “sólida”… Pero algo llamó la atención de mi sistema límbico y sin darme cuenta la empecé a seguir con la mirada, como cuando se activa la mira automática de un avión-caza moderno…
Esta Barbie latina de piernas  estilizadas -que se esforzaban por levantar los patines como si se estuviesen adhiriendo al piso con el calor- logró que por unos segundos mi impulsivo cerebro reptiliano se impusiera sobre mi neocórtex,   haciendo que la diferencia de edades me importara la mitad de un bledo… Total, dicen que los ojos son el reflejo del alma y los míos… son verdes.
Culminé mi primera vuelta de una milla en dirección de las agujas del reloj y -siguiendo mi vieja costumbre- giré ciento ochenta grados y empecé a trotar en la dirección opuesta, como de regreso.   Me di cuenta de que así no me cruzaría con la chibola y tuve ganas de volver a la dirección original, pero una brisa de vergüenza  acarició mi rostro  y me convenció de que siguiera mi camino, riéndome de mí mismo mientras oscilaba la cabeza en un gesto desaprobatorio…
Trataba de no mirarla, pero entonces la bambina apareció por detrás con una risita burlona, dio dos giros completos a mi alrededor y salió disparada dándome la espalda y doblándose lo suficiente como para que yo pudiera apreciar las suaves  curvas que dejaba al descubierto su faldita tableada al volarse sobre su espalda… Sin quitarle la mirada, giré mi cuerpo sin ver el camino -como hace la mayoría de imbéciles con quienes me cruzo en el supermercado- y me choqué con media tonelada de vieja gorda con la que me fui al piso, rodando lateralmente y quedando sobre ella como la hélice sobre el helicóptero, pero con mi nariz embutida en su sudoroso escote… Luego de tres botes “eroticones” que me hicieron sentir como que me estaba tirando a un manatí, pude ponerme de pie y levantar a la vieja, que me puteaba de alma… Sospecho que se quedó  insatisfecha...
Volví a cambiar de dirección y más adelante me volví a cruzar con la chiquilla, pero esta vez sentada en la grama y cambiándose los patines por un par de zapatillas de jogging. Desaceleré el paso y al pasar por su lado le dije que “yo nunca pude hacer eso” es decir, eso de patinar. Me contestó que era fácil, que ella me enseñaría y me ofreció sus patines mientras le decía que tendría que cercenarme los dedos para poder ponérmelos. Sin darme cuenta  empezamos a caminar juntos mientras yo le cargaba los patines y conversábamos de coxudes y media. Ella parecía encantada y yo de hecho lo estaba…
Sin importarme el ridículo que estaba haciendo, acepté  su número de teléfono y lo grabé en mi celular, no sin antes llamarla y enviarle mi dirección vía text-message. Al día siguiente, la luz del entendimiento me hizo borrar su número y evitar sus llamadas, pero de nada sirvió tanta precaución, porque Tutty –así dijo llamarse- llenó mi celular con una cantidad impresionante de mensajitos de lo más inesperados y  cariñosos, que, a pesar de que denotaban toda la cursilería de sus jóvenes años, no puedo negar que me movieron el piso, orillándome a responder algunos, aunque de modo telegráfico, como para enfriar las cosas…
Al no conseguir mayor respuesta de mi parte y sin previo aviso, Tutty se apareció en mi puerta una mañana y me dijo con toda su coquetería y desparpajo:
- “Hola señor ingrato, dice su casera que es usted masajista, pues he venido a por un masaje…”
- “Pues no lo soy mocosa, es sólo un hobbie para mis amigas más intimas”.
- “¿Y qué hay que hacer para ser su “amiga más intima”?…”
- “¿Qué tal si esperamos hasta que seas mayor de edad y lo festejamos con un rico desayuno?”
Le comenté que estaba saliendo a trabajar, le agradecí la visita y le solté un adiós forever que sonó más falso que abrazo de suegra… No pude resistirme al atractivo mohín de su puchero: la tomé en mis brazos y le di un beso de despedida en la mejilla, rozando -sin querer-queriendo- sus labios nuevecitos...
Toda la bendita semana estuve pensando en esa piba, sufría un calvario cada vez que no le contestaba el fono… Incrementé mi cuota de ejercicios físicos, pero en otro de los parques para evitar cualquier encuentro. Llamé a mi prima sicóloga quien me habló del síndrome de soledad, el pre-climaterio y el desbalance del súper ego, recomendándome salir con mujeres más cercanas a mi edad, las cuales si no están casadas, están hechas mierda, locas, lesbianas, en plena misandria o en camino a la menopausia...
Yo puedo resistir cualquier cosa, menos la tentación, así que luego de una semana de abstinencia cogí el teléfono y la llamé. Empezó una extraña (dada la anacronía) amistad telefónica –ése fue el límite pactado- con llamadas de ida y vuelta, cada vez más largas, hasta el amanecer….
Era una de esas mañanas de domingo de primavera. Acababa de salir de la cama y no me decidía entre meterme un duchazo o empezar el día nadando un medley  en la piscina del condominio, cuando los ladridos  del latoso chihuahueño  de mis vecinos hicieron que me asomara a la puerta. Encontré a Tutti en el jardín, maquillada tenuemente y plena de arrebol, con su talle quebradito, su cabello azabache con ese peinado ponytail latino que me encanta, un top blanco sobre sus pechitos japoneses, el ombligo al aire con un pendiente de plata “925”, una faldita escocesa y high heels tan desproporcionados como sus patines… Una canasta le colgaba del brazo junto con llamativas chaquiras y en las manos llevaba anillos de fantasía y una licencia de conducir, a todas luces falsa…
-  “Vine a traerle un rico desayuno ‘paisa’ y  mis documentos oficiales…“, dijo con su musical acento colombiano.
Mientras Tutty se reía acompañada de unos movimientos realmente encantadores, pasaron por mi mente todas las complicaciones que podrían asaltarme si no lograba controlar mis impulsos y actuar como un adulto racional y ecuánime… Recordé a la Lolita de Nabokov… a la Oona de Chaplin… a la Samantha de Polanski… Recordé, calculé, comparé, me increpé, colegí… y al final le contesté nervioso:
- “A…de-lan-te preciosa…”
Ginonzski.
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lunes, diciembre 26, 2011

CRÓNICAS ILEGALES 50: Hang Over de Año Nuevo en Hammocs Boulevard... by Gino Winter





CRÓNICAS ILEGALES 50: Hang Over de Año Nuevo en Hammocks Boulevard…

By Gino Winter

Vísperas del año nuevo, sábado 31 de diciembre de 2 011, 10:37 pm. en Miami: Estaba lavando mis cubiertos desechables  marca Publix,  con el fondo musical de un extraño remix de Manu Chau, cuando me llamó Giselle, mi amiga toxicómana,  invitándome a una “noche loca, de amor, sexo y marihuana” (sic). No podía creer que faltando menos de hora y media para el fin de año Giselle estuviera lo bastante sobria como para marcar mi número telefónico en su viejo  Motorola de números borrosos. Dudé en contestarle, pero me pareció una salida oportuna a la maldita depresión que me envolvía en una fecha en la que el común de la gente está feliz, jaraneándose de lo lindo en fiestas y discotecas, mientras que a este pobre ilegal le esperaba una mesa coja y solitaria con un sándwich  de pavo recalentado, un cuarto de  tinto Navarro Correa, medio panettone peruano de la última Navidad, dos latas de Coca-Cola Zero y una escuálida cajetilla de cigarrillos More mentolados. No sé qué cosas le habría contado su hija Susabelle, mi joven y exuberante compañera de trabajo, pero fuera de bromas yo en el amor soy un idiota, el sexo casi ni lo practico por razones estrictamente financieras y mi único contacto con las drogas fue medio troncho de hierba que me fumé a los catorce años en la fiesta de pre-promoción de mi colegio y que me supo a caca. Aún así, saber que al día siguiente, el día de los judíos (primero di’nero) sería mi cumpleaños y que la situación se vislumbraba aún más oscura, decidí hacerle caso a mi curiosidad y arriesgar…

Expliqué rápidamente a Giselle mi situación logística mientras metía mis vituallas dentro de una bolsa de Victoria Secret, olvidada por una cariñosa amiga la noche que se quedó a colaborar con la causa… Subí a mi viejo Volvo y partí con rumbo a Hammocs Boulevard para su casa. Lleguè por la escalera hasta su departamento en el cuarto piso. La encontré rubia y hermosa, como siempre y  stone, como siempre también, con rock a todo volumen, dos tamales mexicanos color mano ortopédica, medio pavo destrozado, una fuente de ensalada indescifrable y un re huevo de botellas de champán de marca deleznable que había tomado “de recuerdo” del último matrimonio latino en el que fungió de bartender.

Luego de saludos  cariñosos  y dos botellas de “champagne” tomadas a pico, mi querida Barbie Pastrula sacó dos cigarros tipo habano rellenos con marihuana y los prendió entregándome el más pequeño, que para mí era gigante. Notando mi torpeza, se afanó en darme una clase relámpago de cómo fumar un troncho, realizando a la vez un refrescante strip tease, como aprovechando el conocido You can leave your hat on  que empezaba a sonar en el toca-Ipod  Bose. Me parecía increíble cómo esta sexy franco-americana de cuatro décadas podía haber conservado su bello cuerpo de nereida, con piernas alucinantes de Jessica Rabbit y senos de mascarón de proa, a pesar de su exagerada vida de Yonkie. Muy pronto las cosas empezaron a cambiar de forma y de tamaño, como en una clase tridimensional de Geometría Descriptiva y el Himno a la Alegría de “Ludwingvan” comenzó a quedarme corto… Empecé a carcajearme en plena conversación con uno de los hermosos glúteos de Giselle, ¡eran muy cómicos los cachetones!… A Giselle se le dio por que era Jeanne d’Arc  en pelotas y me atacaba con un cucharón mientas sostenía una olla sobre su cabeza a modo de yelmo… Ma che notte pa’ piu felice! ¡Con razón se drogan tantos anormales!

Francamente no logro recordar las cosas que hice luego de perder completamente la estabilidad espacial y emocional a causa del “huiro” y del champagne wanna be, pero amanecí desnudo, chino y muy feliz en medio de una cama king size con olor a procesión, con Giselle en portaligas roncando a mi lado izquierdo y Susabelle -llegada quien sabe de dónde- desnuda y vomitada a mi derecha. El ser fan de las series  de TV Dexter y CSI Miami, me permitió deducir que por la trayectoria del vómito -que le chorreaba desde la cabeza y le cruzaba los pechos-, y el sabor  a bilis azucarada que sentía en mi boca, el único posible culpable del estropicio era el cumpleañero, así que lleno de vergüenza tomé a Susabelle en mis brazos y la llevé a la ducha, abrí el agua tibia y me dispuse a bañarla notando que sonreía de oreja a oreja mientras yo le jabonaba el esternón y ella me retribuía la gentileza con un súper chorro de orina caliente, justo “ahí”… Luego de algunos pequeños golpes en el marco de la puerta con los tobillos y la cabeza de Susabelle, logré sacarla del baño y colocarla en el piso - junto a su madre, que acababa de aterrizar­- aprovechando para cambiar la ropa de cama y para acostarlas de nuevo entre murmullos inentendibles, arroparlas con cariño, vestirme a la velocidad Clark Kent y salir aún grogui con destino a mi casa, sin poder hallar mi celular, mis Ray-Ban de oferta y una de mis medias Hanes…en fin.

Eran más de las dos de la tarde del nuevo año y yo llegaba a la cochera de mi condominio rezando para que no haya nadie en el camino y así poder ir derecho a mi sobre a seguir durmiendo la mona hasta que se me pase el efecto de toda sustancia extraña consumida en la madrugada. Lamentablemente me encontré en la puerta de mi casa a un grupo de vecinos, amigas, curiosos varios, dos policías, un chihuahueño latoso y un cerrajero intentando abrir mi puerta.

Me acerqué extrañado, pensando que serían los efectos de la marihuana, pero -al verme- tres de mis amigas corrieron hacia mí, me abrazaron como si fuera millonario y una de ellas me dio una cachetada con su mano de voleibolista coreana que casi me deja mirando para atrás como la Ciguapa. Todo el mundo me hablaba cosas que no entendía y nadie me saludaba por mi cumpleaños. Uno de los policías tomó su celular y marcó mi número telefónico, poniendo el aparato en mi oreja. En medio del zumbido que me dejó el sófero cachetadón, pude escuchar un mensaje que al parecer grabé en la contestadora automática de mi móvil la noche anterior -en pleno “vuelo”- y que remataba con unas notas del tango Cambalache:

“FELIZ AÑO NUEVO 2012, CABRONES... SI NO LE DEVUELVO LA LLAMADA QUIZAS SEA PORQUE ESTOY FESTEJANDO MI CUMPLEAÑOS FUERA DE ESTE COCHINO PLANETA DE MIEEEERDA. RUEGO ENCARECIDAMENTE NO INSISTIR, SALVO QUE SEA CON UNA GÜIJA. MUCHAS GRACIAS POR SU AMABILIDAD Y ARRIVEDERCI… ¡Dale nomás, dale que va! Que ahí donde “Luci” nos vamos a encontrar…”

Ginonzski
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sábado, diciembre 03, 2011

CRONICAS ILEGALES 49: Toda una "Leidi"…! ... by Gino Winter

“¡Qué gana’ de lloraou, en jesta tarde grí’… con su repiqueteaouu’ la lluvia habla de ti, remordimiento de sabe’… que po’ mi curpa nunca, vida mía, te veréi!”...

Estaba entretenido, escuchando el tango de Contursi y Mores -excelentemente  aflamenca’o  por Diego el Cigala- en la última  fiesta de Thanksgiving de Viviana -mi amiga lesbiana - y Leyla -su pareja bisexual-,  cuando noté la presencia de Brando, un mulato cuarterón con pinta de modelo de comercial de condones perfumados y enjoyado a lo narco con  cadenas de oro, un Rolex Daytona a lo Miami Vice y un par de sortijas que por su brillo no dejaban dudas de kilataje. Luego de algunos saludos a la concurrencia, Brando se dirigió hacia mí con el paso seguro del que va  tip top y enfundado en un Ermenegildo Zegna y me extendió la mano –que olía a Burberry- con una sonrisa hollywoodense. Se la estreché  con  gesto franco y entablamos una conversación de lo más normal entre hombres a la antigua, es decir, Brando se veía lo suficientemente varonil como para no preocuparme de que se me sobrevenga algún malentendido que pudiera arruinarme la noche. Me alegré de tener alguien con quien conversar  en el party gay al que tuve que asistir casi por obligación, dado el cariño que me une a mis amigas y antiguas roommates con quienes, en una noche de alcohol, hasta estuve a punto de tener un menage a trois (si es que no lo tuve, I can’t remember).  
Brando parecía apasionarse por mis temas favoritos. Saltábamos de Borges a Bukowski, de Mark Spitz a  McQueen, de Aston Martin a Porsche, de Einstein a Napier. Cuando hablábamos de Caruso y el Nessun Dorma de Puccini, Brando se ofreció a traerme un mojito y al entregármelo me acercó –muy acomedido- una silla… Yo estaba realmente pasándola bien entre toda esa “gente rara” que colmaba la fiesta, bueno… rara para mí, straigh  recalcitrante,  convicto y confeso que a pesar de mi tolerancia y de mis muchas amistades gay, no me parece justo haber estado cuidando por tantos años la vitrina, para que a estas alturas del  partido, me vengan a romper la losa china…
Brando me invitó a fumar un Marlboro en la terraza y lo acompañé gustoso pero sacando del bolsillo de mi humilde Stafford una cajetilla de More -absurdamente guardada de la fiesta de fin de año pasado- en la cual quedaba un solo par de cigarrillos que evidenciaban mi escasa afición por el humo…
Acabadas las hojas de hierbabuena (mint), los mojitos se convirtieron en caipiroskas caipirinha al vodka a falta de cachaza- amablemente surtidas por Brando, quien no dejaba de prodigarme atenciones, como encenderme el cigarrillo o acomodarme la silla… Mi cajetilla vacía y arrugada sobre el cenicero de cristal Murano hizo que Brando me invitara uno de sus Marlboros . Mi negativa originada por el hastío –no soy gran fumador- hizo que Brando mandara insistentemente a un muchacho a comprar una cajetilla de More pensando que sólo fumaba de los míos. Este último gesto de excesiva amabilidad fue como un golpe bajo a mi testosterona que hizo que instintivamente pegue mi trasero contra la pared… Yo la estaba pasando re-bien, en medio de una charla excelente y atendido como una celebridad, pero desde ese momento empecé a sentirme raro, como una hembrita, ¡Toda una lady!
Brando me hablaba de su nuevo  Corvette, me enseñaba sus zapatos Ungaro y su camisa Cacharel, invitándome a su pent-house en Brickell Avenue, donde me anunciaba tener cantidades de ropa fina, zapatos y accesorios metrosexuales que ponía a mi disposición sin compromiso… Cuando le expliqué que la calle estaba dura y que no estaba en condiciones de adquirir nada que no vendieran en Walmart, me miró con ojos ensoñadores,  me tomó del antebrazo con su manaza de orangután  manicurado  y me dijo que no me preocupara, que no pensaba cobrarme… Un sudor frío recorrió mi columna vertebral y al pasar las fronteras del sacro ilíaco  empezó a gotear en un íntimo lugar obscuro, que por acto reflejo se cerró de golpe con tal violencia, que pensé que ese asterisco no se volvería a abrir el resto de mi vida… ni con aceite de ricino…
Me quedé helado, perturbado… No sabía qué hacer…  Por un lado me daba pena de que se acabara tan interesante amistad, acabada de nacer por generación  espontánea… Por otra, no sabía qué decirle, cómo parar la vaina, pues Brando había sido todo un caballero y no estaba seguro de que todo no fuera más que una equivocación, un exceso de celo machista barrioaltino…
Decidí pararme –por las dudas- y me percaté de que yo tenía las piernas cruzadas, juntas y con las rodillas apuntando hacia un lado, en vez de mi clásica cruzada vaquera en forma de cuatro. Me paré con dificultad, como si tuviera una minifalda demasiado corta… “I need to go to the restroom” dije (con voz de mezzo-soprano por el “gallo”) y por poco aumento  a empolvarme la nariz”, ¡puta madre! , nunca me sentí tan extraño, no me reconocía…
Al pasar por el pasillo, tomé a Leyla de la mano y la llevé conmigo al baño. Le inquirí sobre Brando y sus “costumbres”. Me contó riendo que no lo conocía mucho pero que la gente decía que estuvo mucho tiempo en la cárcel y que le gustaban los hombres, que era un sodomita redomado…
Me despedí de Leyla con un beso francés en la boca y lo hice durar un minuto eterno. Leyla estaba desconcertada y yo como si el alma me volviera al cuerpo… Le agradecí con una palmada en las nalgas  mientras me escapaba por el jardín hacia la Sunset Drive. Encontré mi viejo Volvo, lo prendí en menos de lo que se persigna un cura loco y enfilé raudo hacia la 826 Palmetto Norte…. ¡No vaya a ser que me convenza el negro de mierda! …  “Vuoooooay por la vereda trororopicaaaal”
GinoNzski.


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martes, noviembre 22, 2011

CRONICAS ILEGALES 48: Y... decidí violarla. By Gino Winter


CRONICAS ILEGALES 48: Y… decidí violarla.

By Gino Winter

Decidí violarla. Desde la soleada tarde en que conocí su vetusto chalet de Kendall Lakes, Panchita siempre anduvo preocupándose de conseguirme trabajo, comida fiada, dentista clandestina, farmacias sin receta, efficiency en alquiler, movilidad, en fin, casi todo lo que un inmigrante ilegal necesita para sobrevivir en Miami. Al principio no lo noté, pero meses después me di cuenta de que si bien su altruismo cristiano era para “los prójimos” en general, su interés en mí era especial. Panchita solía llamarme por teléfono siempre interesada en mis asuntos. En mis innumerables días libres buscaba mi compañía para sus trámites y a veces pasábamos el día juntos; desayunábamos, almorzábamos y en el trabajo nos juntábamos durante el break. Hablaba maravillas de mí a todo el mundo y me recomendaba para todo.

A pesar de ser muy pudorosa, Panchita me recibía en las mañanas en sugerentes pijamas de seda sintética que, a pesar de sus cuatro décadas y sus varios kilitos de más, me dejaban adivinar las bondades que su figura ofrecía de joven, empezando por un tremendo par de piernas sin celulitis, no obstante el sobrepeso. Su bello rostro exótico lucía marchito, maltratado por los sufrimientos a lo largo de un infeliz matrimonio, al cual seguía aferrada por sus arraigados prejuicios sociales, valores morales e inquebrantable fe religiosa. Su largo y esponjoso cabello negro, llevado algo bombé a la moda de los setentas, caía sobre sus hombros remarcando un suculento escote de esternón alto, que ofrecía una exagerada “tetamenta”, como en un azafate colocado sobre una repisa... Ni sus rollos, ni su vientre pronunciado habían podido anular su atractivo, incrementado más bien por un trasero king size que solía contonear como batán y una voz sensual de locutora nocturna...

Una tarde en que estuvimos solos, le apliqué una crema para el dolor muscular en la espalda y, mientras la masajeaba, puede sentir como se entregaba a mis manos y como temblaba casi imperceptiblemente mientras la frotaba con todo mi cariño de amigo; sólo su pudor desmedido impidió que me permitiera seguir a lo largo de todo su cuerpo, retirando mis manos con una sonrisita nerviosa y agradeciéndome con su mirada coqueta mi voluntad de servirla, de complacerla. Desde aquella vez me ofrecí reiteradas veces para repetir la experiencia, pero nunca quiso nada más, recordándome siempre que “esas cositas no son apropiadas para una mujer casada, por iglesia y por civil”. No me sentía enamorado de Panchita, ni me atraía su cuerpo voluptuoso, dada mi predilección por las mujeres delgadas (esas "flaquitas mentirosas", que se ven casi malnutridas pero en cuanto les quitas la ropa resultan tener de todo…) pero sí llegué a sentir un cariño grandísimo por ella y un agradecimiento tal, que mi neurosis compulsiva me obligaba a buscar la manera de compensar sus atenciones. Le hice algunos regalos, mayormente perfumes y hasta un reloj más o menos “elegantón”, pero no quedé convencido. Sabía que Panchita no valoraba mucho los objetos materiales y entonces le confesé lo mucho que la quería, lo especial que era como amiga para mí y hasta le deslicé la posibilidad de que con gusto sería su esclavo sexual en el momento en que me lo permitiera. Sólo conseguí sonrisas y reprimendas moralistas de su parte hasta que un día en su fiesta de cumpleaños y con unos tragos de más, me confesó azorada, en la privacidad de un rincón de su terraza, que le hubiese encantado aceptar mi ofrecimiento, sólo por un día, pero que después el sentimiento de culpa no la dejaría vivir, que la mataría… Esa noche decidí violarla. No encontré otra forma de hacerla realizarse sin que le quede el cargo de conciencia, el inevitable sentimiento de culpa. Si la violaba cumpliría su sueño, la haría disfrutar del verdadero placer, negado en sus varios años de vida sexual insípida, tendiente a cero y... no sería su culpa. La culpa y la condenación eterna serían mías y a mí la verdad no es que me importara mucho, total… los Diez Mandamientos son tan truculentos, tan difíciles de cumplir todos juntos, que nadie puede pasar por la vida sin atentar contra unos cuantos... No podía cometer mi delito de agradecimiento esa noche, con la cantidad de gente que había en la fiesta, así que comencé a trazar un plan que me convertiría en pecador y delincuente con los conocidos agravantes de la premeditación, alevosía y ventaja.

Esperé la próxima invitación a desayunar. Me levanté temprano y realicé una rutina de piernas con sentadillas búlgaras y pesas griegas, asegurando la afluencia de flujo sanguíneo en la región pélvica, para obsequiarle a Panchita con mi mejor potencia. Entrando a su casa me aseguré de que estuviera sola. La saludé con un beso largo y fuerte en la mejilla, noté los hoyuelos de felicidad a los lados de su sonrisa y la seguí hasta la cocina. Esperé a que apagara la estufa y la tomé de la mano dulcemente pidiéndole que me acompañara hasta llegar al sofá. Panchita sonreía sorprendida y al notar la perturbación animal en mi mirada comenzó a suspirar desconcertada, entre temerosa y anhelante… La tomé en mis brazos diciéndole que me perdone, que no podía seguir aguantándome; le mentí, le dije que la deseaba con toda mi alma, con todas mis fuerzas… Sacó sus labios de entre los míos, me dijo que estaba loco, que nunca esperó algo así de mí. Ni ella misma se lo creía. Fue fácil tumbarme con ella en el sofá, desnudarla, separar sus continentes, penetrar su femineidad. Se defendió con todo lo que pudo, era muy fuerte, pero nada podía hacer frente a un luchador de mi experiencia y por ratos hasta parecía que colaboraba. Su cuerpo extenuado por el esfuerzo dejó de luchar; parecía desmayada y aproveché para acariciarla con todos mis afectos mientras ella permanecía con sus ojos entrecerrados. Sentí como que no sólo era agradecimiento, que de verdad la quería e hice lo posible por que el reloj no marcase las horas. Panchita tuvo una pequeña convulsión y me apretó entre sus piernas, cruzándolas sobre mi cintura, gimiendo como amordazada y suspirando a sustitos antes de soltar una larga y sensual exhalación. Me hizo terminar de inmediato. Le ofrecí mil disculpas, le pedí perdón, la seguí acariciando, pero Panchita no reaccionaba, me miraba absorta, serena, con los ojos llenos de lágrimas, como catatónica. Salí de su casa y seguí caminando hacia el shopping center. Entré a la bakery de las cubanas y me ordené un capuchino fuerte. Mientras lo saboreaba, dos policías uniformados ingresaron bruscamente al cafetín… Pidieron una colada.

GinoNzski.(C)

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lunes, julio 25, 2011

CRONICAS ILEGALES 47: Mujeres de Arena… by Gino Winter

Tres ómnibus sucesivos me llevaron a la Casa Versace, famoso hotel-spa en Ocean Drive que fuera residencia de veraneo del ícono de la moda asesinado a tiros por su amante. Con mis fake papers en la billetera y las ganas de trabajar refundidas en alguno de mis bolsillos, saludé a Aramís, simpático ingeniero portorriqueño y joven gerente, quien me envió a la terraza del cuarto piso donde, premunido con una máquina de pressure cleaning, me dediqué a retirar la arena de las juntas machihembradas de las lujosas maderas del solárium. Llevaba algunos minutos realizando mi robótica tarea , cuando un excitante bikini blanco y su preciosa dueña me salieron al frente como en la portada de la última edición de Vogue. Toda mojada y acomodando su cabellera negra, la top model me deslumbró con sus ojazos verde-nilo mientras me pedía en el más hermoso italiano: “Potrebbe contribuire a rimuovere la sabbia nel mio bikini per favore?“. No pude ocultar mi cara de felicidad. Agradecí a mis cursos de idiomas  de Rosetta Stone mientras le respondía que sí, que con gusto la ayudaría a sacarse la arena del bikini con el chorro de agua … Gradué la boquilla  de la manguera y ni bien empecé, una mulata espectacular se puso a la fila saludándome en francés, seguida por una pálida escultura inglesa y dos latinas aun más  ricotonas. La bendita arena tuvo la amabilidad de dificultar su salida y yo me sentía el más agradecido voyeur fetichista, extraído de la realidad tridimensional por alguna tromba cuántica, hacia un oasis paradisíaco de pezones, derrieres y montes púbicos en algún feliz rincón de la Dimensión Desconocida… Dos bellas japonesas -“sintéticas” pero con piernas perfectas- me impedían terminar la fila, así que seguí, recibiendo besitos de agradecimiento y soportando algo azorado las miradas de envidia de los mozos y las sonrisas de las chaperonas, mientras pensaba asombrado: “No puedo creer que me estén pagando por hacer esto”…  Más tarde, regresando de almorzar, me crucé con Aramís quien me preguntó si sabía algo de masajes, pues una de las damas del spa había pedido que sea precisamente yo quien la atendiera. Le dije que sí -con una sonrisa licantrópica- y me apresuré a entrar a una de las suites del tercer piso. Me esperaba Santísima Dos Santos, una septuagenaria dama portuguesa quien se acomodó en la cama napoleónica dejándose sólo la toalla que le envolvía la cabeza y una delicada cadenita de oro con la medalla de Nossa Senhora de Fátima  . Miré hacia el cielo buscando una explicación pero me topé con un techo abovedado, finamente decorado con figuras eróticas, entre etruscas y pompeyanas.  Empecé mi tarea realmente confundido, pues a pesar de que la doña llevaba excelentemente sus más de setenta años, no podía quitarme la impresión de estar acariciando a una iguana… Masajeé su reverso lo mejor que pude, como desarrugándola, desde la nuca hasta las plantas de sus pies, sin llegar a descubrir dónde exactamente terminaba su espalda. Me acostumbré a escucharla decir “gostoso”  y “muito bom” y a sus tenues quejidos que alguna vez habrían sido sensuales… Santísima se volteó sin avisar, dejando caer la última toalla y mostrando valientemente sus pechos naturales, los cuales tuve que recoger de entre sus axilas tratando de acomodarlos más cerca del esternón por razones estéticas y filantrópicas. Llegué a tener la rara sensación de estar acomodando un par de testículos gigantes… El crepúsculo asechaba y yo no quería terminar con la  zona torácica pues luego, más al meridión, unos opacos vellos rubio-castaños me esperaban con sus raíces blancas, haciéndome recordar a la brocha con que mi abuelo se aplicaba la espuma de afeitar en épocas de la navaja. Los compases de un fado, “seteados” en el minicomponentes, empezaron a sonar llenando el ambiente de una melosa melancolía… Santísima empezó a jadear cadenciosamente mientras dirigía mi mano hacia sus “partes privativas” a la vez que me jalaba cariñosamente del cuello de la camiseta y hacía una especie de pas de chat  con sus rígidas piernas… La calle está dura brother… y a veces… hay que sacrificarse…
GinoNzski.
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miércoles, mayo 04, 2011

CRONICAS ILEGALES 46: Historia del Traidor y el Camión de Hielo... by Gino Winter

Manejaba mi viejo Volvo por la Turnpike North con rumbo a Davie, Broward county, totalmente desconectado del mundo -lost in space- como suelo hacerlo cada vez que tengo que ir a trabajar en algún empleo eventual de supervivencia, es decir, en esos trabajos que, como dijo el ex presidente mexicano Vicente Fox, "no los quieren hacer ni los negros". Las notas de La mia storia tra le dita, de Gianluca Grignani, me trasportaban desde la copia ilegal del CD-Mix a épocas más felices de salud, dinero y amor... Justo cuando empezaba a escuchar el tema siguiente -A far l'amore comincia tu- y a soñar con Raffaella Carrá en sus fabulosos treintaitantos, un pitazo, luces de bengala y una manada de policías con el hígado revuelto por el calor, me desviaban de la ruta hacia el borde derecho de la autopista. Pensé en elevar mi revolucionaria voz de protesta, pero antes de que me salga el primer "gallo" recordé que llevaba casi tres años sin licencia de conducir, sin visa válida y sin pretextos valederos ni en inglés ni en español, así que me aparqué calladito detrás del último coche en la interminable fila de vehículos "secuestrados" mientras seguía recordando que mi seguro estaba vencido y la placa prestada correspondía a un maltrecho Toyota del siglo pasado, arrumado en un taller amigo a la espera de ser canibalizado. Varios metros hacia adelante, al comienzo de la fila, divisé un grupo de camiones nuevos, rodeados por hombres y mujeres con casacas azules con un logo muy grande en la espalda que decía "hielo" pero en inglés (ICE), por lo que pensé que había habido algún accidente donde estaban involucrados trabajadores de alguna fábrica de hielo seco. Caminé unos pasos hacia adelante sólo para percatarme de que los muchachos del hielo estaban armados y ponían contra la pared a una fila de gente extraída de los vehículos a los cuales esposaban como delincuentes comunes. Un auto cercano, con las mismas siglas, llamó mi atención. Tenía bajo el logo de ICE un marbete que rezaba: U.S. Immigration and Customs Enforcement, es decir "La Migra". Una sonrisa automática, involuntaria y estúpida, apareció en mi rostro. Quedé congelado en pleno infierno de Miami. Se me aflojó el estómago, empecé a sudar frío, a hablar solo, a buscar en mis bolsillos documentos que nunca existieron; cogí de mi auto una botella de agua helada que para entonces ya estaba tibia y me la bebí despacio, como si fuera un inglés tomando su té hindú a las five o´clock en Mumbai. Miré a los arrestados: de lejos se les notaba el fenotipo característico latino, del cual carezco para bien o para mal; los arreaban como ganado hacia los camiones-buses de la policía de migraciones... La indignación y la impotencia que sentía me hicieron reaccionar a lo bestia y tiré un portazo que casi revienta los cristales de mi automóvil. Una bella policía de carreteras, que más parecía una actriz rusa de películas porno, se acercó a increparme amenazante, a lo que sólo atiné a responder lo más gringo que pude: "Focking illegals! For the second time I will miss the appointment with the judge, I will lose the custody of my son!” El sentimiento maternal de la policía pudo más que su mente cuadriculada y con un tosco ademán me indicó que la siguiera con mi auto, abriéndome camino con su Harley-Davidson hacia la autopista. Enfilé hacia el norte lo más pegado a la izquierda que pude, pasando por toda la fila de "colegas ilegales" apresados o en vías de serlo. Un sentimiento de culpa me inundó de pies a cabeza. Ni las caricias ni los coqueteos de mis eventuales compañeras de trabajo, exuberantes negras haitianas y jamaiquinas, lograron devolverme la sonrisa por esos días...


GinoNzski.
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martes, marzo 29, 2011

CRONICAS ILEGALES 45: Al di là...By Gino Winter


Emilio Pericoli cantando Al di là en San Remo
La ra ra rá , la ra ra rá, la ra ra ráaaa...
Non credevo possibile,
Se potessero dire queste parole:


Otra vez despedido, indocumentado, alimentándome de galletas de soda y Coca Cola Zero de oferta, recibí con resignación la invitación que Nicolás -un uruguayo, gallego, gordo, simpaticón y mal hablado- me hacía para formar parte de una "banda" de cargadores que llevarían a cabo una mudanza en una exclusiva zona de Miami Beach. Pensé que al menos sacaría para pagar el seguro de mi auto y comer un lomito saltado en el Tambo Grill de la 107th avenue...
Llegué a la tremenda mansión casi junto con los otros dos integrantes del equipo, un cubano pinareño escuálido con un nombre de fakir húngaro que le caía a pelo: "Sándor", y un mejicano cuyo nombre no recuerdo, pero le decían "Dr. Zhivago" porque era más ocioso que el maxilar superior. Nicolás nos esperaba con su vetusto camión Mack, ese del perro ñato, y un tremendo blue cooler , mitad refrescos para todos y mitad su lonchera privada.
Nos recibió el ama de llaves y apenas entramos, la dueña de casa -una venerable viuda judía- empezó a ganar tiempo dándonos indicaciones a diestra y siniestra y recalcando en cada mueble lo antiguo y costoso que era y el especial cuidado y ... en fin, ¡cómo jodía la vieja de mierda!. Cuando nos quedarnos solos empecé a mirar a mi alrededor; la atmósfera de las antigüedades y los muebles  Empire style, me hicieron recordar la vieja casona de mi abuela materna y la imaginé cantando su canción preferida mientras organizaba su casa: "Al di là del bene più prezioso, ci sei tu. / Al di là del sogno più ambizioso, ci sei tu. / Al di là delle cose più belle..." La nostalgia me ganó y empecé sotto voce  a cantar casi sin darme cuenta y olvidando que nací negado para este tipo de actividades musicales: Al di là delle stelle, ci sei tu./ Al di là, ci sei tu... per me, per me,/ soltanto per me... Poco a poco fuimos sacando muebles y enseres, cada uno más pesado que el otro y al atardecer llegamos a la segunda planta donde nos esperaba una inmensa y misteriosa caja de metal, especie de baúl con características de  scatola nera... La vieja american-hebrea movió los brazos como quien bucea, deteniendo el tiempo con sus manos, para advertirnos que la dichosa caja era su tesoro más preciado, pues contenía los efectos personales que rodearon a su difunto marido el día en que se puso serio, es decir, al morirse todito. Nos recomendó, ya demasiadas veces, la forma y el cuidado que teníamos que tener para bajar la caja de marras y, como una inesperada bendición, un oportuno telefonema  nos salvó de la catatonia letal de Stauder, llevándose a la susodicha a la biblioteca del primer piso por unos refrescantes minutos. Nos acomodamos los cuatro, uno en cada vértice de la base de la pesadísima caja y con el mayor cuidado empezamos a bajar la escalera mientras yo seguía pegado a la cantaleta: Al di là del mare più profondo, ci sei tu./ Al di là dei limiti del mondo, ci sei tu./ Al di là della volta infinita, al di là della vitaaaaa... En eso, a boca de jarro, Nicolás, pujando como rinoceronte estreñido, gritó: ¡AAHGLDILÁ DE LA RE-CONCHA'E LA LORA, ME CAG-GO EN LA LECHE...COMO PESA ESTA CAJA DE MIEEEEGDRDA...! Todos nos descojonamos de la risa hasta que vimos con terror que Sándor, desternillado por la carcajada, soltaba su esquina y la bendita caja giraba en cámara lenta sobre su eje horizontal, precipitándose por la escalera cual inexorable bola de nieve en alud suizo, chancando los finos escalones de cedro libanés, desmantelando los topes de bronce bruñido y cayendo sobre la alfombra egipcia que debió ser de algún primo de Tutankamón, por lo que decían que costaba, balanceándose lo suficiente para volcar dos botellas de whiskey Macallan 1956, tres de vino israelí Yarden Red del año del rey Pipino y una de coñac Frapin Cuvée 1888 . Todas se hicieron añicos revolviéndose con relojes de péndulo, fotografías, grabados, daguerrotipos y hasta un antiguo condón de tripa de carnero que guardaba misteriosamente el finado patriarca, quien reposaba tranquilamente en su urna de cerámica fenicia colocada en el tope de un pedestal dórico en el primer piso, hasta que la caja lo tumbó y fue a quebrarse contra el suelo de mármol de Carrara, vaciando sus cenizas sobre el mar de costosos licores y el revoltijo de objetos inanimados de su antiguo acervo crematístico... Ni Atila lo hubiera hecho mejor. Todos quedamos congelados, en posición de "un minuto de silencio"; a mí me recorria algo helado por la columna, mientras trataba de calcular el monto al que ascendería el estropicio de todo lo que se había hecho pelota... Me pareció escuchar a la nieta quinceañera susurrando triste que a su abuelito no le gustaba el trago. "Nunca tomó una gota de licor en vida", aumentó la veterana ama de llaves jerosolimitana, mirando a su antiguo patrón hecho mazamorra y nadando en alcohol... Todos nos mirábamos patitiesos y mudos, hasta que un grito horripilante cortó la atmosfera como una katana al final del hara-kiri y nos hizo dar un brinco a la vez que girábamos nuestras cabezas sincronizadamente, como si fuéramos los bailarines gay de la ópera Hairspray en Brooklyn. Parecía que estaban ahorcando a un chancho, dos gatos siameses, un perro lobo y un chivato, al mismo tiempo y con la misma soga de cadalzo... ¡AAAAHHHHHH...AAAAAAAHHHHGJK... MALDITAS BEEEESTIAS SALVAJES, HIIJOS DE SATÁN Y DE UNA HETAIRA PALESTIIINAAA...! La vieja venía corriendo hacia nosotros, a grito pelado y agitando sus manos como si tuviera una coctelera invisible haciendo pisco sour... Yo decidí dar un pasito tuntún a la izquierda y empezar mi caminata lunar en reversa, a lo "Maik Coñazo", luego, media vuelta derecha, marchen! y carrera de conejos con obstáculos hasta mi antiguo Volvo S-40 azul misio. Arranqué -creo que hasta antes de meter la llave- y pisé el acelerador como Steve McQueen en Bullitt, apretando los dientes con la sonrrisa congelada de Peter Fonda en La fuga del Loco y la Sucia... Por el retrovisor pude observar a lo lejos al gordo Nicolás, a Sándor y al Dr. Zhivago corriendo como cuyes entre las cajas hacia el Mack, seguidos muy de cerca por un séquito hostil sionista, liderado por "La llorona" en versión judaica... Miré desesperado al cielo preguntando por qué un intelectual de mi calibre tiene que estar pasando por estas vicisitudes... ¡Dios mío, qué estaré pagando!... O Como diría Pepe Biondi: "Qué suerte pa'  la desgracia!"
...La rá, ra ra ra rá, la ra ra rá, la ra ra ráaa... Al diláaaaa...
GinoNzski.
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lunes, diciembre 20, 2010

CRONICAS ILEGALES 44: La Excepción de Murphy… by Gino Winter


CRÓNICAS ILEGALES 44: La Excepción de Murphy… by Gino Winter. “Para toda mujer se verifica que la suma entre su belleza y su inteligencia es una constante”… Es así como reza una de las leyes atribuidas al comandante Edward A. Murphy Jr., ingeniero de pruebas de la Aviación Norteamericana, famoso por haber emitido jocosas leyes sobre la fatalidad de los eventos cotidianos. La ley de marras nos da a entender que, al ser el resultado de la suma siempre constante, mientras más belleza tenga la evaluada, menos inteligencia tendrá que tener, es decir: Si la suma entre belleza e inteligencia diera 10, entonces si belleza 9 pues inteligencia 1 y viceversa… Así lo entendía yo, hasta el día en que conocí a Adelle. Estaba almorzando en el food court (patio de comidas) del Dadeland Mall, cuando la vi venir hacia mí con su pinta de Yuppie y su caminada de top model retirada. Ya me había resignado a verla pasar de largo cuando de pronto se paró junto a mi mesa y me preguntó si podía sentarse a mi lado. Asentí con la cabeza como un sonámbulo con Mal de Huntington y su sonrisa pizpireta iluminó Miami… Dijo ser economista, tener dos másteres, en administración y finanzas, y estar preparándose para realizar un doctorado de no sé qué vaina en Europa. Para mi sorpresa dijo haberme conocido en una de mis conferencias sobre micro-finanzas en Río de Janeiro en la que tuve que abordar un tema más aburrido que chupar un clavo, pero que justo calzaba con una de sus tesis. Le dije que eso era un pasado ya remoto y que ahora estaba hablando con un blue- collar (obrero) indocumentado y perseguido por "La Migra". Supongo que no me creyó, porque su risa de niña consentida explotó como una nebulosa y me pareció escuchar a María Callas con el mismo Chopin al piano, Paganini al violín, Tito Puente en los timbales, La Plisétskaya bailando con Nuréyev y todo escrito por el sordo Beethoven y dirigido por el loco Amadeus... Pasamos más de dos horas charlando y todo lo que nos rodeaba fue desapareciendo; en mi retina y en mi mente sólo existía Adelle… Ella saltaba de un tema a otro con una facilidad y un dominio increíbles. Me hablaba de petroquímicos y mis pensamientos se perdían en sus cabellos de Nefertiti, tan negros como el alma de una corporación transnacional. Yo balbuceaba algunos estúpidos comentarios que parecían arquearle sus cejas perfectas, encendiendo unos ojazos azul cielo que me recordaban a mi Siberian Husky. Mientras me recreaba observando cada milímetro de su rostro de esfinge, con énfasis en sus labios de comercial de Revlon, me confesó que era judía y en ese instante, cualquier ínfimo rezago de antisemitismo que hubiese podido heredar de mis antepasados Nazis desapareció para siempre. Me explicó su raro ensayo sobre el movimiento pendular caótico-armónico de las bolsas de valores y yo imaginaba la misma fórmula pero aplicada a sus pechos de mascarón de proa, sin brasiere, en una caminata naturista por el borde del lago Lucerna… Me comentaba de lo tonta que le parecía la lucha grecorromana y yo pensaba en cuál toma podría aplicarle para que se rinda exhausta a mis "encantos". Bromeamos sobre la Ley de Finagle, de los negativos dinámicos y terminamos con las leyes de Murphy, en especial la que encabeza esta crónica y no pude menos que decirle: “Eres la excepción viva de la ley de Murphy…” Me contestó de inmediato que ese era el mejor piropo que le habían hecho en su vida... El tiempo no existe, pero jode igual y la feliz entrevista concluyó con sendos besos en las mejillas y varios "hasta siempres"… Y así, con el corazón partío, vi alejarse a esta mezcla de Afrodita y Atenea, a esta Nereida con cerebro de Madame Curie, a esta especie de Irene Adler (némesis de Sherlock Holmes), meneando su trasero brasilero al compás que marcaban sus piernas perfectas de patinadora sueca. Maldije todos los errores que me llevaron a la ruina y día a día traté de encontrar una buena escusa para decir “las uvas están verdes”, pero no la conseguí. Quedé hecho un anacoreta, un alma en pena, un peregrino en el Purgatorio de Dante sin la fe de Beatrice... Una sonrisa estúpida iluminó mi rostro el día en que me enteré que Adelle era lesbiana. GinoNzski. Copy rigths: FII UNMSM 2010 The Scribidor USA If you want an English version of this article, please contact an official translator in your country.